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Este trabajo busca caracterizar, en sus rasgos más generales, a dos
organizaciones sindicales surgidas durante los ’90. Se trata de la Central
de los Trabajadores Argentinos (CTA) y del Movimiento de los Trabajadores
Argentinos (MTA), que aparecieron en la escena pública-política en un
contexto marcado por las transformaciones económicas, sociales y políticas
profundizadas a partir del primer gobierno de Carlos Menem (1989-95).
Esas transformaciones tuvieron un fuerte impacto negativo para los sindicatos
y sus bases de representación, porque afectaron tanto sus intereses
sectoriales como las identidades políticas y sociales que los definían.
(Palomino: 1995, 2000, Martuccelli y Svampa: 1997, Murillo: 1997, 2001)
Comenzó a modificarse así la relación privilegiada que el sindicalismo
había establecido con el peronismo desde mediados de la década del ’40.
En términos generales, la Argentina asistió en los ’90 a un profundo
cambio en la relación entre el estado y el mercado, signado por procesos
de ajuste económico que han incluido la reducción del gasto público
y la financiación a través del incremento del endeudamiento externo,
la descentralización estatal y la reforma administrativa. El régimen
social de acumulación se ha caracterizado, desde entonces, por la concentración
económica y significativas tasas de crecimiento, sobre todo las referidas
a los años de la primera gestión de Menem, junto con una no menos creciente
tasa de desempleo, la precarización del empleo y la flexibilización
–de hecho– del mercado laboral.
Tales modificaciones se reflejaron también en las alianzas políticas
del peronismo liderado por Menem, que dejó de apoyarse en los sindicatos
y se acercó más a los sectores económicos nacionales y extranjeros –por
ejemplo aquellos vinculados al capital financiero– cuya injerencia en
el curso de decisiones tomado había aumentado considerablemente (Sidicaro:
2002). En este marco, el peso de los sindicatos fue modificado ostensiblemente
y obligó a sus dirigentes a variar su proyección y relaciones en la
arena política.
La apuesta de los principales sindicatos de la Confederación General
del Trabajo (CGT) frente a los cambios en curso fue adaptarse y consentir
las líneas trazadas por el nuevo gobierno. Esto llevó, en 1992, a un
grupo de sindicatos afectados por las reformas a alejarse de la CGT
para crear el entonces Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA).
Los sindicatos que lideraron esta división fueron dos de los más afectados:
los docentes estatales (CTERA) y la Asociación de Trabajadores del Estado
(ATE)– En 1994, una escisión similar produjeron los camioneros y la
Unión Tranviarios Automotor (UTA), conformando el Movimiento de los
Trabajadores Argentinos (MTA) junto a otros sindicatos más. Tanto éste
como la CTA impugnaron, en adelante, el “modelo" consolidado.i
Ambas organizaciones buscaron, además, diferenciarse de la CGT a partir
del tipo de relación mantenida con distintos actores sociales y políticos.
Constituyeron nuevas alianzas sociales y políticas, realizaron protestas
cuyos reclamos y formas de expresarlo eran novedosos, y participaron
en escenarios de conflicto social surgidos de las transformaciones dadas,
en un contexto de movilización creciente y variada. Esa participación,
no obstante, reveló diferencias entre una y otra organización, dando
cuenta así de las alianzas, estrategias, valores y creencias distintos
que la CTA y el MTA han asumido, pese a haber surgido ambas agrupaciones
del seno de la CGT.
En suma, aunque el análisis planteado en las líneas que siguen no tiene
por fin dar cuenta acabadamente de las causas y los efectos políticos
del surgimiento y desarrollo de estos actores y de sus acciones, sí
se propone poder contribuir a la comprensión de algunos aspectos acerca
de las estrategias de construcción social y política de estos actores,
la puesta en escena de las protestas convocadas por cada uno y la incidencia
de las identidades políticas precedentes.
La matriz sindical de la protesta social
A riesgo de simplificar, puede afirmarse que el
repertorio clásicoii de la protesta social en la Argentina fue estructurado
por el sindicalismo, de modo que el carácter de la protesta ha estado
ligado por varias décadas a los conflictos laborales y de los trabajadores.
Sobre todo si se tiene presente que, a mediados del siglo pasado, distintos
sindicatos fueron protagonistas centrales en la constitución del liderazgo
político de Juan D. Perón y la creación del movimiento peronista. (Torre:
1990)
Bajo el mandato de Perón se consolidó un régimen social de acumulación
cuyas líneas generales habían sido establecidas a mediados de los años
’30 y se extendería hasta mediados de los ’70, denominado ampliamente
como “modelo de sustitución de importaciones". Se caracterizó por una
orientación mercadointernista y proteccionista, sostenida predominantemente
en la producción industrial y con el apoyo dinámico del sector público.
Hubo así un crecimiento notable de la economía y del empleo cuyo correlato
fue el acrecentamiento y modificación de la composición sindical. Durante
el período de gobierno peronista (1946-55) se dispusieron una serie
de reglas y normativas que ayudaron a la estructuración de lo que Castel
(1997) llama sociedad salarial.iii
Por sus características, en ese régimen fue dominante la participación
de las corporaciones sindicales (principalmente de la industria) y empresarias
que, a su vez, dependían del arbitraje estatal, artífice de las reglas
de juego del régimen. El vínculo entre Perón y los trabajadores se centró
en la incorporación en la agenda institucional de la ampliación de derechos
sociales para los los sectores populares. Tal inclusión, que buscaba
regular el mercado de trabajo mediante el control directo del estado
sobre los sindicatos y sus bases de representación, aportó beneficios
económicos, sociales y políticos que serían clave en la cultura política
del sindicalismo.
Los cambios que ligaron a los sindicatos y al movimiento peronista marcaron
el carácter fuertemente centralizado que alcanzó la protesta obrera.
El tipo de actor característico de este período fueron los trabajadores
y sindicatos del sector industrial, las demandas típicas fueron las
aumentos salariales y la obtención de mayores ventajas corporativas
para retener y acrecentar el espacio orgánico de la estructura sindical
en el juego políticoiv, y las formas en que se expresaron en el espacio
público fueron las huelgas y movilizaciones. Los ambientes donde estas
protestas cobraron visibilidad pública fueron las fábricas y la Plaza
de Mayo. (Martuccelli y Svampa: 1997; Farinetti: 1999)
Estas características son importantes para comprender algunas diferencias
que la CTA y el MTA han alcanzado a lo largo de los últimos años, respecto
de estrategias de construcción social y política, alianzas con otros
sectores, modos de expresión pública, representación de sus afiliados,
etc.
La CTA y el MTA: ¿nuevos actores de la
protesta laboral en los ’90?
Como se dijo en la introducción de este trabajo,
la asunción de Menem a la presidencia de la Nación significó un cambio
rotundo en las reglas de juego para los actores sociales y políticos,
tanto respecto de la orientación económica como social y política que
ese gobierno tomó, pese al tinte populista propio del peronismo que
había mostrado durante su campaña electoral. (AA.VV.: 1995, Aboy Carlés:
2001).
En ese sentido, el repertorio tradicional de acción colectiva del sindicalismo
argentino caracterizado más arriba comenzó a mostrar ciertos cambios,
que se acentuarían desde mediados de los ’90 en adelante. Aunque los
sindicatos protagonizaron la mayoría de las protestas (sobre todo huelgas)
realizadas entre 1989-95, progresivamente fueron perdiendo el protagonismo
de años anteriores en la protesta social. Esto se debió, por un lado,
a la limitación que los sindicatos sufrieron del derecho de huelga,v
y por otro –acaso más importante aún, como se verá más adelante– por
el surgimiento de nuevos actores, reclamos y formas de expresión de
la protesta social, en un contexto de crisis y transformaciones profundas.
En ese contexto, a fines de 1992 surge el entonces Congreso de los Trabajadores
Argentinos (CTA) vi, liderado por dos gremios del área de servicios
como los estatales (ATE) y los docentes (CTERA), que vieron limitados
sus beneficios como consecuencia de la llamada reforma del estado. La
aparición en la escena pública de la CTA supuso, en principio, defender
las fuentes y condiciones de trabajo frente a las privatizaciones en
marcha, como también intentar frenar el decidido impulso de modificación
de distintas agencias burocráticas estatales que incluía, entre otros
aspectos, reducir la planta estable de empleados y dejar en manos privadas
el control de distintas áreas que hasta entonces habían sido administradas
por el estado.
En 1994, por su parte, surgió el Movimiento de los Trabajadores Argentinos
(MTA), dominado por los sindicatos de camioneros y la Unión de Tranviarios
Automotores (UTA), aeronavegantes y judiciales, pero este nucleamiento
nunca abandonó definitivamente la CGT sino que luchó por obtener su
Secretaría General en más de una oportunidad, hasta conseguirla recientemente,
aunque bajo la figura de un triunvirato. vii
Con el surgimiento de esta última agrupación, a mediados de los ’90,
quedó configurado al interior del sindicalismo un nuevo escenario, constituido
por tres tipos de agrupaciones sindicales, con diferentes posicionamientos
y estrategias frente a las transformacionesviii.
Por un lado, el de aquellos sindicatos agrupados en la CGT que, con
diferencias, apoyaron y se beneficiaron con las reformas económicas,
practicaron una suerte de “sindicalismo empresario" y siguen vinculados
orgánicamente al Partido Justicialista. Por sus vinculaciones con ese
partido y/o por haber aprovechado las oportunidades para transformar
sus estructuras organizativas, varios de estos sindicatos se adaptaron
a las nuevas reglas de juego, mediante la mercantilización de la actividad
sindical, que ha incluido la compra de firmas privatizadas, la creación
de administradoras de fondos de pensión y jubilación, la reorganización
de sus obras sociales y la administración de las acciones de los trabajadores
por una comisión cobrada de las ganancias. Se han convertido en empresas
que gestionan servicios para los afiliados y el público en general.
Varios de estos sindicatos son numerosos en cantidad de afiliados y
de recursos, los más poderosos y tradicionales. Figuran, por ejemplo,
el Sindicato Unido de Petroleros del Estado (SUPE), la Federación Argentina
de Trabajadores de Luz y Fuerza (FATLyF), el Sindicato de Mecánicos
y Afines del Transporte Automotor (SMATA) y la Federación Argentina
de Empleados de Comercio (FAECyT).
Por otro lado, está el grupo constituido por el MTA, que rechazó la
estrategia mercantilista adoptada por el grueso de la CGT. No obstante
las diferencias, esta agrupación nunca abandonó definitivamente la central
porque el objetivo ha sido siempre que la CGT vuelva a luchar por la
recomposición de la situación de sus bases de representación. El tipo
de sindicalismo que defienden está ligado al régimen de acumulación
mercadointernista e intervencionista propio del primer gobierno de Perón.
No es casual, en ese sentido, que bajo el gobierno de Néstor Kirchner
se haya producido la reunificación de éstos a la CGT, puesto que este
gobierno peronista ha buscado legitimarse a partir de la crítica continua
a las reformas dispuestas diez años atrás, a la vez que se ha propuesto
–con fines inciertos– recobrar para el estado cierto control en áreas
diversas de la producción y la administración. En ese sentido, el grupo
liderado por Moyano y Palacios mantuvo siempre una fuerte ligazón orgánica
e identitaria al peronismo, que llevó al MTA a practicar un sindicalismo
ambiguamente opositor en tiempos de Menem; ambigüedad que también se
manifestó en sus vinculaciones con la CGT.ix
Por último, está la CTA que, desde sus comienzos, se caracterizó por
una resistencia al régimen social de acumulación consolidado durante
los ’90 y por un alejamiento del Partido Justicialista como expresión
política afín al sindicalismo. Como se dijo más arriba, gran parte de
los gremios que la componen fueron perjudicados fuertemente en sus estructuras
organizativas por las transformaciones en curso, contexto que operó
como marco de oportunidades políticas para la constitución de una central
alternativa a la CGT.
Algunos aspectos de las protestas de la
CTA y el MTA
A partir de la clasificación precedente, podemos
dar cuenta de ciertas marcas en el tipo de construcción del MTA y la
CTA. Quizá la diferencia más significativa radique en la meta planteada
por cada agrupación. En ese sentido, el MTA se formó para diferenciarse
de la CGT como corriente interna, buscando recuperarla, y en esa orientación
la apuesta era por un sindicalismo ligado al modelo peronista de mediados
de siglo, en el cual los gremios tenían el monopolio de la representación
obrera y eran interlocutores directos del gobierno en las cuestiones
vinculadas al mundo del trabajo. En cambio, la CTA se planteó desde
su origen la conformación de una central sindical alternativa, en la
que tuvieran espacio de representación distintos sectores que, en la
CGT, no tenían lugar; el caso más ilustrativo es el de los desocupados,
quienes quedaron sin posibilidad alguna de representación sindical y
prácticamente sin ningún tipo de protección legal. La meta principal
de la CTA, al fin, ha sido la composición de un nuevo movimiento para
disputar el poder político en la Argentina.x
De alguna manera, esto ha quedado asentado en el estatuto de la CTA,
que plantea la constitución de un sindicalismo autónomo respecto del
estado, de los partidos políticos y de los grupos económicos. Estas
características buscan contemplar las prácticas, reglas e instituciones
que deben regular la acción sindical bajo el nuevo régimen social de
acumulación. Así, la autonomía promovida guarda relación con otros aspectos
particulares de la organización: afiliación y elección directas de sus
miembros. La primera de ellas permite la inscripción de los trabajadores
en la Central mediante el sindicato, la unión, asociación o federación
de cualquier tipo que esté afiliada a la organización, o en forma individual.
De esta manera, pueden afiliarse trabajadores que no están sindicalizados,
sea porque han perdido sus trabajos, porque trabajan en condiciones
de precarización laboral carentes de protección gremial, o porque trabajan
en el ámbito privado, donde los niveles de afiliación sindical son menores.
La elección directa, por su parte, plantea que las autoridades de la
conducción en sus distintos niveles (nacional, provincial y local) surja
del voto directo del afiliado, no por medio de congresos abocados a
tal fin, en los cuales tienen superioridad las estructuras sindicales
que la integran.
Esta diferencia en el tipo de organización planteado por la CTA y el
MTA ha incidido en el modo de construcción de cada organización, pero
también en el modo en que han aparecido en el espacio público, las acciones
que han llevado a cabo, el impacto político que han buscado obtener
y las consecuencias institucionales que han podido desprenderse de ellas.
En ese sentido, el tipo de protesta llevado a cabo por el MTA y la CTA
también difiere.
No obstante las diferencias significativas que abordaremos, ambas organizaciones
han utilizado el repertorio clásico de protesta obrera: huelgas y movilizaciones.xi
En el caso del MTA, la mayoría de las protestas han estado ligadas a
dicho repertorio, mientras que la CTA incorporó, además, algunos aspectos
novedosos en la realización de acciones colectivas y de protesta.
Curiosamente, uno de esos aspectos se mostró en la convocatoria a una
marcha federal, realizada en 1994 conjuntamente con el MTA y la CCC.
Es que entre ese año y 1997 sobre todo, ambas organizaciones realizaron
varias acciones en conjunto porque buscaban ser reconocidas como actores
sociales y políticos en el espacio público, que desafiaban un conjunto
de disposiciones sociales y políticas contrarias a los intereses de
los trabajadores y de los sectores populares. La primera de ellas, decíamos,
fue la convocatoria a la Marcha Federal (julio de 1994) y a la huelga
general (agosto de 1994).xii El tipo de movilización expresado por esa
gran marcha sería incorporado sólo la CTA como herramienta de resistencia
y lucha en acciones subsiguientes. La marcha, que creció en participantes
y adherentes a medida que distintas columnas de manifestantes se incorporaban
a las caravanas desde distintos puntos del país hacia Buenos Aires,
expresó el reclamo unánime del cambio de modelo económico y contó con
la participación de distintos sectores, como docentes, estudiantes,
pequeños productores y empresarios, representantes de comunidades indígenas
y jubilados, entre otros.
Otros aspectos novedosos que la CTA incorporó a sus acciones de protesta
tienen que ver con ciertas formas de expresión, vinculadas en muchos
casos con el tipo de demanda sostenida. Ha sido clave para la CTA la
realización de protestas que incluyeron propuestas para modificar ciertas
condiciones de los trabajadores como una manera distinta de llevar adelante
formas de participación democrática. Por ejemplo, la Marcha del Frente
Nacional contra la Pobreza, que tuvo una organización similar a la de
la Marcha Federal y que se realizó en septiembre de 2001, bajo el gobierno
de la Alianza UCR-Frepaso. El objetivo había sido difundir la consulta
popular sobre la implementación de un seguro de empleo y formación de
380 pesos para los jefes de hogar desocupados y una asignación universal
de 60 por cada hijo menor de 18 años que aseguraría un ingreso mínimo
de 500 pesos por familia.xiii La marcha buscaba, también, plantear como
tema de agenda pública que la pobreza y la desocupación constituyen
problemas estructurales a resolver en la Argentina.
No fue menor, en ese sentido, presentar un proyecto alternativo de solución
de tales problemas. Esta estrategia, que hemos denominado “la protesta-propuesta"
(Armelino: 2004), ha sido instituida por la CTA y es importante señalarla
porque se trata de acciones que, así como portan un reclamo, también
proponen una vía de resolución sobre aquello mismo que se está pidiendo.
La marcha y la consulta popular posterior, realizada a fines de 2001,
establecieron un punto de inflexión en la construcción de la Central:
en un marco de crisis económica, social y política como la vivida ese
año, esta organización convocó y coordinó una acción colectiva cuyo
contenido fue más bien propio de una estrategia ofensiva que buscó intalar
en la agenda pública no sólo un problema –la pobreza en la Argentina–
sino sobre todo una solución posible de ser puesta en marcha. Si bien
el impacto político de la experiencia del Frenapo quedó opacado por
los sucesos que llevaron a la renuncia de De la Rúa a la presidencia
de la Nación, al interior de la CTA estableció una frontera en su crecimiento
y consolidación como actor social y político. Aunque esta cuestión merece
ser observada con mayor detenimiento, puede afirmarse que a partir de
la puesta en escena de un tipo específico de acción colectiva contenciosa,
la proyección política de una organización puede ampliarse o, al menos,
variar en sus aspectos cuantitativos y cualitativos.
Aquí es clara la vinculación de la novedad del formato con el contenido
de las demandas. En su gran mayoría, éstas expresaron los efectos de
las reformas profundizadas en los primeros años ’90: reclamos por trabajo,
cuestionamientos de los índices crecientes de desocupación y precarización
laboral, rechazo a las privatizaciones, a las políticas contrarias a
la promoción industrial y al agotamiento de las pequeñas y medianas
empresas, como también a las medidas que iban en contra de las posibilidades
de un mayor desarrollo de las economías regionales, etc. Así, el contenido
de estas demandas –como de la gran mayoría de las que produjeron los
actores sindicales en los ’90– ha tenido un sentido predominantemente
defensivo, por cuanto los reclamos dejaron de expresar aumentos salariales,
típico del régimen social de acumulación mercadointernista.
Estos aspectos de la protesta deben comprenderse a la luz de otras dimensiones
de análisis, tales como los condicionamientos estructurales en los cuales
se enmarca y surge la protesta.xiv Es decir, la demanda y el formato
están ligados a las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales
en medio de las cuales un actor va estructurando sus acciones y, en
consecuencia, también va configurando (o reconfigurando) su identidad.
Los condicionamientos estructurales que las organizaciones sindicales
enfrentaron al oponerse a las reformas de mercado implementadas fueron
contundentes porque golpearon en las estrategias y modalidades de acción
más arraigadas del sindicalismo. Por ejemplo, diversas formas de precarización
laboral que caracterizaron la creciente situación de subocupación de
grandes cantidades de trabajadores perjudicaron la entrada de recursos
de las organizaciones sindicales, que dejaron de percibir cuotas de
asociación o contribuciones y aportes de trabajadores y empresarios
para las obras sociales; otro tanto ocurrió con la desocupación, que
limitó las estrategias ofensivas.
Esto, desde ya, varió de acuerdo con las orientaciones que los sindicatos
tomaron en los ’90: para aquellos nucleados en la CGT, la desmovilización
fue mayoritariamente un aspecto clave de su estrategia de negociación
y adaptación a las disposiciones marcadas por otros actores de peso
como los empresarios y el propio gobierno; para aquellos nucleados en
el MTA y la CTA la movilización fue una herramienta fundamental de construcción
organizativa y, a la vez, de presión ante esos otros actores.
Así las cosas, hubo, sin embargo, jornadas de paro y movilización que
concentraron a las tres organizaciones sindicales (CGT, CTA y MTA) contra
el gobierno de Menem, en septiembre de 1995, y en agosto y septiembre
de 1996. Si bien excede los límites de este trabajo, cabe una mención
sobre estas convocatorias por parte de agrupaciones disimiles. De alguna
manera, desde la Marcha Federal y el paro convocados por la CTA y el
MTA en 1994, la cuestión de la desocupación fue ocupando gradualmente
mayor importancia en la agenda de las agrupaciones sindicales, sobre
todo luego de que en 1995, los datos oficiales arrojaran cifras, por
entonces record (18.6%), de esa problemática. En el caso del MTA y la
CTA, había una impugnación clara al modelo económico, mientras que para
la CGT era más complicado realizar tal cuestionamiento mediante la protesta
debido a los beneficios que varios de los grandes sindicatos habían
obtenido por esos años. Tal diferencia de intereses y tácticas de presión
y negociación quedó de manifiesto en esa jornada del 6 de septiembre
de 1995, en el acto que dio fin a la huelga. Mientras el único orador,
el secretario general de la CGT Gerardo Martínez, exigía al Gobierno
una mesa de concertación con mayor participación de la conducción sindical
en las decisiones referidas a los problemas laborales, las conducciones
del MTA y la CTA abandonaron la Plaza de los Dos Congresos disconformes
por no haber escuchado de Martínez la propuesta de un plan de lucha.
A principios de agosto de 1996, una nueva huelga general que cuestionaba
al modelo fue convocada por las tres organizaciones. En tanto que la
CGT no realizó movilización ni acto alguno, desde el MTA se organizaron
ollas populares en la Capital Federal que acompañaron al acto central
de la jornada –que la Policía Federal reprimió fuertemente– y la CTA
acompañó el paro con una serie de movilizaciones desde distintos puntos
del conurbano que confluyeron en un acto en Quilmes.
A fines de septiembre de ese año, una nueva jornada de huelga nacional
con movilizaciones de 36 horas por todo el país encontró a estas organizaciones
juntas en la convocatoria. Esta vez, el reclamo era contra el proyecto
oficial para flexibilizar aún más las relaciones laborales y contra
la desregulación del manejo de las obras sociales, principal mecanismo
de financiación de gremial. La huelga, que tuvo un alto acatamiento,
había sido acompañada de una movilización frente a la Casa Rosada, donde
el flamante secretario general de la CGT, Rodolfo Daer, cuestionó el
modelo económico defendido por el Gobierno y marcó el distanciamiento
táctico de la central sindical mayoritaria.
Y el 14 de agosto de 1997 se realizó otra huelga general importante,
convocada sólo por la CTA y el MTA. Esta vez, la protesta se destacó
por la presencia de un actor incipiente: los desocupados, que poco a
poco iban siendo llamados piqueteros.
Estas son sólo algunas de las protestas que mayor trascendencia alcanzaron
tanto por la cantidad de manifestantes como por el contenido de los
reclamos y los modos de expresarlos,xv aunque es cierto que todas pertenencen
al repertorio clásico.
De acuerdo a Tilly (2000), las diferencias que se van produciendo en
los repertorios –como también entre los actores que las protagonizan,
agregamos nosotros– tienen relación tanto respecto de los aspectos profundos
que enmarcan una acción colectiva como de los aspectos que promueven
su transformación. Es decir, si por un lado ambas organizaciones sindicales
realizaron paros y movilizaciones porque han sido las herramientas de
lucha típicas del sindicalismo y los actores colectivos hacen aquello
que saben hacer, por el otro lado los condicionamientos estructurales
abren paso a la innovación, sea en el tipo de demanda sostenida (si
es más bien defensiva u ofensiva), sea en el formato expresado (incorporando
a viejas formas nuevas maneras de aparición e impacto en el espacio
público), o ambas. Así, con tales modificaciones, las huelgas dejaron
de tener, en muchos casos, el efecto que en otro tiempo habían alcanzado,
pero eso no impidió que la protesta dejara de expresarse porque efectivamente
los trabajadores tenían razones para sostener y hacer públicas sus demandas.
Algunos aspectos y efectos de alianzas
y tipos de construcción
Es necesario vincular lo dicho hasta aquí con dos
aspectos estratégicos importantes que se pueden observar en el MTA y
la CTA: por un lado, la manera de instalar en la agenda pública nuevos
temas de discusión, por otro lado, el establecimiento de distintas y
variadas alianzas con otros sectores, por fuera del sindicalismo.
La CTA ha buscado, desde sus comienzos, tejer lazos solidarios con sectores
perjudicados por las reformas de mercado; ha sido el caso, por ejemplo,
de los jubilados y de los desocupados. La apuesta por incorporar la
representación de los desempleados le permitió a la CTA incrementar
ostensiblemente el número de afiliados, a través de la creación de la
Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat (FTV), y participar de la puesta
en escena de una serie variada de acciones de protesta que en los últimos
años institucionalizó formatos, demandas y actores en relación con la
desocupación y la subocupación de los sectores populares. En efecto,
la FTV ha sido una de las organizaciones que, en los últimos años de
la década pasada, realizó cortes de ruta en el Gran Buenos Aires, varios
de ellos en conjunto con la CCC, alcanzando un alto impacto público
y político. De esa manera, la CTA logró llegar a tener no sólo representación
en un ámbito que la CGT nunca contempló concretamente sino tener además
la posibilidad de organizar, coordinar y liderar acciones de un sector
creciente como las organizaciones de desocupados, con prácticas de acción
institucionalizadas, como los cortes de rutas, y con reclamos definidos
y sostenidos en el tiempo, como los de trabajo y asistencia social.
El MTA, en cambio, tendió a limitar su representación a los trabajadores
formales (sindicalizados y en relación de dependencia) de los distintos
sindicatos que lo conformaron, como expresión rebelde e interna de la
propia CGT. Aún así, hay que señalar que durante 2001, cuando se llevaron
a cabo dos asambleas piqueteras para organizar un plan de lucha contra
el gobierno de la Alianza, el camionero Hugo Moyano, líder del MTA,
participó puesto que tenía una alianza política con la CCC. Es difícil
pensar que, con esta alianza, el MTA buscara hacer pie en el territorio
de los sectores populares, desde donde estos grandes contingentes de
trabajadores precarizados o desocupados han estructurado prácticas y
estrategias de lucha. Más bien, tal alianza pareció movida por una táctica
de coyuntura política, en la cual primaba la contraofensiva frente a
un gobierno que había mantenido –y en muchos casos profundizado– las
líneas directrices del modelo económico establecido en los ’90 y que
además no pertenecía al Partido Justicialista. Finalmente, el amplio
rechazo que sufrió Moyano en el primero de esos encuentros y las divisiones
surgidas de esas asambleas entre las propias organizaciones piqueteras
disolvió el vínculo.
En ese sentido, el tipo de construcción social y política del MTA se
orientó, básicamente, a actuar en el escenario político como una organización
sindical típica que defiende a determinados sectores y la forma de realizarlo
es mediante la presión sobre el estado, particularizado en el gobierno.
Tales presiones se canalizaron en acciones de protesta contundentes
–sobre todo si se tiene presente que esta agrupación incluye a los sindicatos
de transportes de carga y de pasajeros y que una huelga por parte de
alguno de ellos impacta rápidamente en la vida cotidiana de la sociedad–
que variaron de acuerdo al gobierno de turno. Es por esto que el MTA
mostró en varias oportunidades una práctica característica del sindicalismo
peronista, conocida con la consigna de “golpear y negociar". Incluso,
la alianza táctica con la CCC puede ser leída desde este punto de vista.
Hay que decirlo una vez más, el MTA no buscó construir una organización
desde la cual disputar el poder político más allá de la CGT, como sí
lo planteó desde un comienzo la CTA. Tanto una como otra orientación
muestran sus límites y potencialidades para la acción. Los sindicatos
nucleados en el MTA no cortaron lazos organizativos con la CGT como
sí lo llevaron a cabo quienes formaron la CTA. La CGT es una central
que representa ciertos intereses –típicamente, los de los trabajadores–,
y que si bien tuvo una injerencia política muy importante en tiempos
de proscripción del peronismo, sus prácticas se ajustaron más a un tipo
de corporativismo en el cual distintas corporaciones representativas
de distintos sectores sociales se sientan a la mesa de las negociaciones
con el gobierno como árbitro. El MTA, que no se escindió completamente
de la CGT, reprodujo en sus prácticas este esquema planteado. Los límites
y potencialidades de esta línea son claros: no hay una búsqueda de proyección
política más allá de la representación de ciertos intereses y por lo
tanto la potencialidad de las acciones son acotadas a ese escenario,
estableciendo así cierta previsibilidad en el éxito que sus acciones
puedan obtener. Si se recuerdan los elementos de la tipología de organización
sindical que el MTA expresó, su orientación reenvía claramente al tipo
de relación que los sindicatos mantuvieron con el poder político bajo
el régimen mercadointernista.
El tipo de construcción social y política promovido por la CTA es más
complejo. Por eso, los límites y potencialidades que sus acciones muestran
varían de acuerdo al contexto y la organización pareciera quedar sujeta,
la mayoría de las veces, al ritmo que la coyuntura impone. Aún así,
el planteo de esta agrupación es la conformación de un espacio, incluyendo
la participación de diversos sectores que no responden al sindicalismo
y que en el imaginario político de la organización son reconocidos como
propios del campo popular. La estrategia de convertir a la CTA en una
herramienta política de cambio social que organice, coordine y lidere
un movimiento con esos otros sectores para acumular y disputar el poder
político tiene una clara reminiscencia movimientista, característica
del peronismo. Esta meta ha estado presente desde los primeros encuentros
que dieron forma a la organización. De esa manera, el camino de la CTA
trazado a fines de 1991, en el espacio de fundación que constituyó el
“Encuentro de Burzaco", estableció las bases que se fueron configurando
en prácticas, estrategias y objetivos de la agrupación y que dio forma
al denominado “Movimiento político, social y cultural", fundado a fines
de 2002, en el VI Congreso Nacional de Delegados de esa agrupación.xvi
Así, la CTA ha tenido participación en distintos eventos en conjunto
con agrupaciones de Derechos Humanos, FEDECAMARAS, los pequeños y medianos
empresarios, la Federación agraria, la Federación Universitaria Argentina
o el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, los cuales estuvieron
presentes, por ejemplo, en la realización de la Marcha Federal y del
Frenapo. Las potencialidades que promueve la diversidad de actores para
la realización de acciones colectivas es, obviamente, muy rica y variada:
múltiples demandas, solidaridad entre sectores que no siempre han estado
unidos para la acción reivindicativa, mayor reconocimiento de otros
actores contrarios a los objetivos de quienes se organizan para obtener
mejoras de cierto tipo, mayor posibilidad de impactar políticamente
y conseguir instalar en la agenda pública determinado tema aunque no
se obtengan consecuencias institucionales favorables a quienes protagonizan
la acción. Pese a la importancia que estos aspectos pueden mostrar para
la construcción de un movimiento, hay que tener en cuenta sus limitaciones.
Una de ellas obedece a la heterogeneidad de los actores partícipes,
que dificultan las orientaciones para la acción puesto que hay intereses
y metas divergentes, tradiciones, valores y creencias que no siempre
pueden ser compartidas y/o resignificadas por esa apuesta movimientista.
Por ejemplo, cabe preguntarse hasta qué punto los miembros de una organización
territorial como la FTV pueden trazar lazos de solidaridad política
–y sobre todo social– con los pequeños y medianos empresarios. En ese
sentido, el carácter homogéneo que una construcción de este tipo supone
para la conformación de una práctica política encuentra sus limitaciones
en la disparidad de peculiaridades de cada actor. Esto es, no basta
con haber sufrido los reveses de un modelo de acumulación para constituir
un colectivo que en su propuesta tienda a consolidar una posible herramienta
política desde la cual modificar la asimétrica relación de fuerzas que
empleados y docentes estatales, pequeños empresarios y propietarios
rurales, desocupados y organizaciones de derechos humanos o de género
padecen.
Otra limitación tiene que ver con la propia estrategia movimientista.
Así, forjar una herramienta –la CTA– para disputar el poder político
es una apuesta interesante, sobre todo si se trata de buscar nuevas
formas de ampliación de los mecanismos de participación política. Pero
si tal herramienta surge de la apuesta movimientista que impugna a la
mayoría del conjunto de los actores del sistema representativo porque
justamente establece como frontera de constitución y nueva configuración
de sentido de las identidades políticas un límite con lo que actualmente
es la representación política y en la cual esta no tiene relación alguna,
es difícil observar en qué medida puede tal construcción cristalizar,
en determinado momento, en un gobierno por y para los “trabajadores".
Es importante señalar, asimismo, que la idea de ampliación de la base
de representación y participación política a través de diferentes consultas
populares como una forma de inscripción de una demanda en la agenda
pública, las potencialidades de estas acciones y de los actores que
las protagonizan pueden ser muy buenas. Pero si esta manera de construcción
va junto con una apuesta reivindicativa establecida en el antagonismo
que enfrenta al campo popular con partidos políticos, grupos económicos,
el estado –por se depositario de aquellos–, los países centrales y sus
representantes sostenidos en los organismos internacionales de crédito
o la propia globalización como la manifestación de ese proceso excluyente
y que pesa sobre quienes hoy resisten y luchan en este nuevo colectivo,
cabe preguntarse hasta qué esa herramienta puede ser utilizada en el
juego político mismo. A modo ilustrativo, este dilema lo tuvo la CTA
frente a las elecciones presidenciales de 2003: la disyuntiva era entre
la creación de un partido o el lanzamiento de un movimiento político,
que fue la decisión tomada al interior de la organización y cuyos escuálidos
resultados políticos manifiestan algunas de las limitaciones marcadas
aquí. No obstante, algunos miembros importantes de mesa nacional de
la organización compitieron las elecciones legislativas del año pasado,
bajo la denominación de frentes (Frente para la Victoria, con la candidatura
de Claudio Lozano, en alianza con sectores del gobierno nacional –PJ–
y del gobierno de la Ciudad –difuso y fragmentado conjunto de dirigentes
que permanecen aún con la gestión de Aníbal Ibarra–), o de partidos
políticos (Marta Maffei por el ARI; Luis D’Elía por el Partido de los
Trabajadores).
Por último, está la cuestión de la identidad, que es sumamente compleja,
que es constitutiva del entramado de relaciones y solidaridades sociales
y que, en consecuencia, ha estado presente en las notas escritas hasta
aquí, aunque sin haber sido mencionada explícitamente. Por el hecho
de provenir del sindicalismo peronista, las organizaciones que conformaron
el MTA y la CTA han reproducido y expresado de distinta forma una tradición
común: la procedencia peronista. Ese vínculo, que Daniel James (1990)
estudió con tanta precisión, aún perdura al interior de los sectores
populares, y en particular de estas organizaciones. Si bien en el caso
de la CTA hay dirigentes y miembros que responden a distintos sectores
(la izquierda, en sus ramas comunista y socialista, el radicalismo,
la democracia cristiana y resabios de lo que fue el Frepaso, entre otros)
hay un componente peronista muy fuerte, que encuentra limitaciones y
no pocas contradicciones con el Partido Justicialista mismo. Por el
contrario, el MTA, y luego la CGT “disidente", nunca renegaron del peronismo
y en definitiva tampoco del Partido, en parte por sus metas de acción
claramente distinguidas de las de la CTA. De una u otra manera esta
raigambre peronista ha enfrentado a ambas organizaciones a la ambigüedad
de sus planteos. En el caso del MTA esto disminuyó bajo el gobierno
de la Alianza –el contradestinatario de sus impugnaciones no era un
gobierno justicialista y por lo tanto se allanaba gran parte del camino–
y recientemente, bajo el gobierno de Kirchner, con la unión de la CGT.
En el caso de la CTA, el gobierno de la Alianza no fue un problema siendo
que se supuso en un momento que esa central podía constituirse en la
representación oficial de los trabajadores. En todo caso, la ambigüedad
y el inmobilismo –si se permite el neologismo– ha quedado al descubierto
como nunca bajo el actual gobierno peronista. Sea por cuestiones generacionales
del actual Presidente y de los dirigentes de la CTA, sea por cercanía
de militancia política de otrora entre unos y otro, sea por compartir
un tipo de discurso crítico del régimen consolidado hace más de una
década, la CTA no puede inscribir públicamente una nueva frontera de
antagonismo a partir de la cual consolidar la organización, el movimiento,
o ambas (porque ni eso es claro).
A modo de conclusión
En este trabajo hemos querido caracterizar, en
una primera aproximación, a la CTA y al MTA. El abordaje, por el momento
general, nos ha permitido sin embargo señalar algunas dimensiones que
creemos necesarias para el análisis de la acción colectiva y de protesta,
de ciertos actores y de sus tradiciones sociales y políticas.
Para el caso de la CTA y el MTA, no puede adentrarse en el estudio de
sus objetivos, estrategias y componentes identitarios sin rastrear los
valores y prácticas preexistentes del sindicalismo y de su relación
con el movimiento peronista. Tampoco puede plantearse una aproximación
a ciertas cuestiones de estos exponentes de la protesta de los ’90 sin
averiguar aunque sea mínimamente por los condicionamientos estructurales
que incidieron en su conformación como nuevos actores, primero, y después
en el tipo de demandas que sostuvieron, las formas de presentarlo en
la escena pública y el efecto performativo político que sus acciones
han tenido, como también la posibilidad de conseguir resultados beneficiosos
para sus organizaciones.
Aún con diferencias, con limitaciones en sus proyecciones políticas,
ambas constituyen experiencias importantes de la década de los ’90,
porque forman parte de un proceso de transformación y resignificación
de identidades sociales y políticas, enmarcadas en un contexto no menos
cambiante y de repetidas situaciones de crisis económicas y políticas,
en el que las contradictorias disposiciones de los actores para la acción
han expresado la complejidad misma del proceso en curso.
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del peronismo; Sudamericana/Instituto Torcuato Di Tella; Buenos Aires;
1990.
NOTAS
i Si bien no es tema de este trabajo, es importante consignar que también
en 1994 surgió en la provincia de Jujuy la Corriente Clasista Combativa
(CCC), que tuvo una fuerte vinculación con la CTA y el MTA, sobre todo
en los primeros años, cuando todas estas organizaciones apenas se las
reconocía en el espacio público-político.
ii La noción de “repertorio de acción colectiva", creada por Charles
Tilly, se aplica al conjunto de medios que un grupo dispone para canalizar
sus demandas. El autor sostiene que, si bien la interacción entre personas
y grupo está condicionada en un repertorio por las instituciones, prácticas
existentes y entendimientos compartidos, quienes participan aprenden,
innovan y construyen historias en la producción misma de la acción colectiva,
de modo que cada forma de acción colectiva posee una historia que dirige
y transforma usos futuros de esa forma, debido a que las interacciones
históricamente situadas crean acuerdos, memorias, antecedentes, historias,
prácticas y relaciones sociales. Por eso, un paro o una movilización
tienen una historia distintiva respecto de otras acciones contenciosas,
y los repertorios están bien definidos y limitados a diversos actores,
objetos de acción, tiempos, lugares y circunstancias estratégicas. (Ver
Tilly: 1978 y 2000).
iii Aunque es importante señalar que Robert Castel se refiere a la sociedad
salarial atendiendo al proceso dado en la sociedad francesa, y aún sabiendo
que hay diferencias ostensibles entre la conformación de esa sociedad
y la que se configuró para el caso argentino, lo cierto es que a partir
de 1946, el estado tomó una actitud claramente intervencionista, entre
otros planos en el social, y llevó a cabo innovaciones en ese ámbito
de administración pública que aseguraron la inclusión de los sectores
populares en la ciudadanía social.
iv Esto se acentuó durante la proscripción del peronismo en el plano
político-partidario.
v Por ejemplo, el derecho a huelga para los empleados en los servicios
públicos fue restringido a través de decretos gubernamentales con la
amenaza de quitar personerías gremiales y otras sanciones, y cuyo objetivo
no era otro que el de agilizar la privatización de las empresas públicas
de servicios. (Murillo: 1997)
vi Desde noviembre de 1996 el Congreso pasó a denominarse “Central de
los Trabajadores Argentinos", después que se realizara un congreso nacional
en el cual se reunieron más de 8.000 delegados y que la agrupación obtuviera
inscripción gremial. No obstante, la CTA no ha sido reconocida aún con
personería gremial, que según la normativa vigente, es la figura legal
clave de toda organización sindical. Sí posee inscripción gremial.
vii Esta agrupación, luego, abandonó la denominación MTA y pasó a llamarse
“CGT disidente". La reciente unificación de este grupo a la CGT le permitió
a uno de sus líderes, Hugo Moyano (Camioneros), convertirse en parte
del secretariado general tripartito, junto con Susana Rueda (Sanidad)
y José Luis Lingeri (Obras Sanitarias).
viii Ver Martuccelli y Svampa (1997), Palomino (2000) y Murillo (2001).
ix Por ejemplo, en 1996 se celebró un Congreso extraordinario entre
la CGT y el MTA en el cual éste último había conseguido desplazar al
secretario general de la CGT, Gerardo Martínez (UOCRA), impedir la promoción
de un nuevo secretario afín al gobierno nacional, apoyar la candidatura
de Rodolfo Daer y obtener la secretaría adjunta de la CGT para el MTA,
que ocupó Juan Palacios. Este acercamiento del MTA a la CGT –que no
había suspendido la negociación secreta con el gobierno como táctica–
lo perjudicó y mostró sus límites políticos y corporativos al interior
del campo sindical. Ver Fernández (2002) En 1999 se vivió una situación
similar, en la que el aún denominado MTA estaba inmerso en la puja con
otros grupos por la conducción de la CGT. Ver, al respecto, Clarín 7.7.1999.
x Ver documentos surgidos de los encuentros sindicales de Burzaco (noviembre
de 1991) y de Rosario (abril de 1992). xi Los siguientes son resultados
aún preliminares de un trabajo realizado bajo el proyecto UBACyT S064
“La transformación de la protesta social en la Argentina 1989-2003".
xii Para un análisis detallado de la Marcha Federal, ver Armelino (2004).
xiii La consulta popular se realizó entre el 14 y el 17 de diciembre.
De acuerdo con los datos de la Secretaría de Prensa de la CTA, la consulta
registró un total de 3.106.681 votos, de los cuales 3.083.191 fueron
por el sí, 17.878 por el no, 3051 en blanco y 2561 anulados.
xiv Escapa a los límites de este trabajo una mayor profundización de
los aspectos epistemológicos y metodológicos de la protesta social.
Para un análisis detallado, ver Schuster (2004).
xv La cobertura de los medios de comunicación fue clave para el impacto
público y político que esas acciones tuvieron. En las portadas de los
principales diarios nacionales, varias de esas protestas figuraron en
tapa, con grandes títulos y una amplia cobertura del tema.
xvi Ver Pérez y Armelino (2004).
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